Fuera por una causa o por otra, las cosas bien pudieron haber sucedido de otra manera, y sin embargo, resultó inevitable que viviésemos aquella época de nuestra vida bajo los últimos coletazos de la dictadura. Algo que ya no podemos cambiar.
Afortunadamente no tuvimos la “consoladora” presencia de las “gameboys” y las “nintendos”. El mecano, los juegos reunidos Geyper, la diligencia de Comansi, el barco pirata de Playmobil, la Nancy y las barriguitas de Famosa, entre otros, hicieron de nosotros, visto lo visto, adolescentes mas sociables, y por ende menos individualistas. Hiciera frío, calor, o tronase, frecuentábamos las calles de nuestros barrios. Era fácil hallar la diversión en cualquier parte, jugando al escondite, al fútbol en los solares desollándote las rodillas, a las gomas de saltar...
Crecimos, y mientras crecíamos soñábamos, unos con formar una banda de Rock, otros con patear el tablero del planeta, en asambleas universitarias y crear una nueva revolución. Una revolución planeada en la clandestinidad de la mesa de algún bar. Y todos olíamos a pachulí, perfume del movimiento “flower power”, con jeans apretados por la cintura y acampanados por los tobillos. Lucíamos flamantes melenas, patillas hasta la barbilla, minifaldas rabiosas, mini-shorts, botas acordonadas hasta la rótula, y suéteres ajustados con las estampas de los incombustibles Bob Dylan y Joan Báez.
El Biscuter, apodado “el zapatilla”, pasó a la posteridad. Fue entonces cuando el ansiado 600 irrumpió con fuerza por el asfalto, y por fin la “marcha atrás” tuvo otro significado en nuestra España de los setenta. Al 600 le sucedió el Dauphine, y a éste, el Gordini, y así hasta llegar al Alpine, el primer deportivo de plástico rojo, con una bocina trucada que imitaba el sonsonete del descapotable de la película la Escapada, de Vittorio Gassman, y la rubia con la pierna escayolada hasta la ingle, bailando a ritmo de Twist.
Llegaron los pollos l'ast y las croquetas de diseño, y con ellos llegaron también las gogo-girls. Marionetas enjauladas en los podios de las discotecas, donde sonaba a todo trapo Black is Black. Y por si esto fuera poco, Bob Marley, The Doors, Bee Gees, La Creedence, John Lennon, Deep Purple, The Cure, Chicago, Aerosmith, Genesis, Los Diablos, Los Brincos, Los Sirex, Los Bravos, Los Canarios…, inmortalizados en singles de vinilo, zumbaban a través de los altavoces del viejo Dual, con la aguja a cuarenta y cinco atrapando las melodías en los guateques de los jardines de los patios interiores, y en sus rincones mas apartados esperábamos impacientes la tanda de los lentos.
Las hoy en día desaparecidas salas de los barrios, reconvertidas en supermercados, proyectaban en las sonoras cabinas al fajador de Rocky, la vomitiva niña del Exorcista, los pandilleros de la Naranja Mecánica, los colmillos del malvado Tiburón, la Guerra de las Galaxias, las mandíbulas del pétreo Padrino, al inmaculado Tony Manero gastando sus ahorros en las discotecas los sábados por la noche, Sandy, Danny, Rizzo y demás, haciendo de las suyas por las aulas del instituto Rydell.
Y también llegó el destape. Nunca las salas habían estado tan concurridas. Y descubrimos los encantos más ocultos de Emmanuel. Tal vez la emoción de lo prohibido le confería además una pasión indefinible. Hembras rollizas de formas exuberantes inundaron las pantallas. Y el que más y el que menos se enamoró ciegamente de la Cantudo, de la Nadiuska, de Ágata Lyss…, y tantas otras que se apuntaron al carro aperturista.
En la pequeña pantalla, a caballo entre el blanco y el negro, y el color, Sandokan, el tigre de Malasia, y su tribu de malayos impartía justicia por las islas de los mares de la China. Un monje Shaolin, “el pequeño saltamontes”, se convirtió finalmente en todo un maestro consumado de las artes marciales. El cansino de Kung Fu, el Mesías oriental, recorrió el suroeste americano en busca de su hermano. Teo Kojak dejó los cigarrillos por las piruletas. ¡Si Bogard hubiese levantado la cabeza!, valiente policía, la deshonra del cuerpo, eso si, sin un pelo de tonto. El doctor Gannon inundó las facultades de medicina de media España, y la otra media, enfermas imaginarias, suspiraban por entrar en su quirófano.
Dicen que a una familia la hacen sus hombres, sus mujeres y su historia. Puestas así las cosas, entramos a formar parte de la gran familia del seguro, para la mayoría de nosotros nuestro debut en el mundo laboral. Lo dicho, entramos en la Zurich-Vita-Hispania, la escuela del seguro, no sin antes, superar un selectivo exámen de ingreso. Aquel catedrático, que en paz descanse, era inflexible. Si aquel entrañable edificio cobrara vida, la hueca resonancia de sus paredes nos contarían que un día, a las acaballas del setenta y cuatro, un grupo de gente lo abandonó a hurtadillas, como se abandonan los zapatos viejos. Y se lamentaría también, de sus nuevos moradores, que ya no le daban conversación, que cuanto echaba de menos el susurro de sus pasillos, y los reencuentros a escondidillas en la fuente. Jamás olvidaría a aquellos “buscadores” con pinta de niños del hospicio, “preparadores y tarificadores” al más puro estilo Tom Jones de mercadillo, “repasadores y tramitadores” con mas arrestos que la cabra de le legión, “mecanógrafas y secretarias” con batas de diseño, estilo Ágata Ruiz de la Prada. ¡oh aquellas batas azules!
Así las cosas, si no os atrevisteis a declararos a aquel amor, quizás acuciados por un pudoroso instinto de discreción, pues aquí tenéis una nueva oportunidad. Otra cosa será que no queráis reconocerlo.
Y como en toda buena familia que se precie de ello, tengamos, además, un recuerdo para todos aquellos que nos dejaron por el camino, la vida es, a veces, así de absurda y caprichosa.
Para todos, de vuestro compañero, Demetrio Torrijos Cavero
Barcelona, 21 de setiembre de 2009.

